Saberes de Circo Circo:Patrimonio de la Cultura

Por Pilar Ducci

Luego de varios años de esfuerzos de gestión, la labor de los gremios circenses nacionales (Sindicato Circense de Chile y Emarcich), fluidas comunicaciones con agrupaciones circenses extranjeras, reuniones con diferentes entidades de gobierno y el trabajo constante de muchas personas vinculadas al circo chileno, el día 4 de julio del 2019, aniversario de la fundación del Sindicato Circense de Chile, (el sindicato vigente más antiguo del país, fundado en 1935) el circo chileno recibió una noticia extraordinaria. El Ministerio de las Culturas y las Artes confirmó que el Circo Tradicional Chileno había ingresado al Registro Nacional de Patrimonio Cultural Inmaterial, acercando al circo mundial en su objetivo de reconocimiento internacional como Patrimonio Cultural Inmaterial ante la UNESCO.

Vale la pena reflexionar ante las implicancias de este nombramiento. La declaración como Patrimonio Cultural Inmaterial pone en valor una de las formas de entretención más antiguas y queridas de nuestro país. Pero, sobre todo, reconoce su importancia como un patrimonio de la cultura popular chilena, una realidad plural y compleja donde todos los estamentos y clases sociales intersectan y convergen en ciertas representaciones y profundas identificaciones. Son el conjunto de actores, espacios y conflictos inherentes a la realidad e identidad social, que perdura, con especial tenacidad, a través de las tradiciones culturales: la religiosidad popular, el folklore, la medicina popular, la cosmovisión mágica de la realidad, la sabiduría popular, los refranes, por supuesto, los circos.

La existencia y resiliencia de más de 100 circos que actualmente deambulan por el territorio nacional es evidencia del profundo arraigo que tiene esta institución con el pueblo chileno, y el papel que ha jugado al forjar la identidad de los chilenos.  En efecto, el circo no sólo ha servido para unir localidades y comunidades a lo largo de la vasta y agreste geografía de Chile, sino que ha tenido el poder transformador de los espacios que nos circundan.  Lugares que muchas veces se hallan en los límites del abandono, fragmentados por catástrofes naturales o sociales. El circo transforma el territorio, creando un clima propio, familiar y cercano, cuya fugacidad otorga un vigoroso aire fresco que permite experimentar el entorno bajo una renovada luz.

Este reconocimiento al valor patrimonial del circo induce su salvaguarda, y otorga directrices importantes para que municipalidades o intendencias del país apoyen y difundan al circo chileno.  Pero, muy en especial, permite a los mismos artistas circenses reconocerse y tomar conciencia, no sólo de su arte, sino que también de su condición como portadores de conocimientos, expresiones y técnicas perpetuando esta tradición, cultura y particular forma de vida de generación en generación.

Reflexiones en torno al patrimonio cultural circense chileno

Desde sus orígenes, el circo chileno se ha fundado sobre la diversidad. Habiéndose gestado en las decimonónicas Casas de Volatines del país, los circenses chilenos se nutrieron de los circos extranjeros que llegaban de todas partes del mundo con sus artistas, animales e infraestructura. Es difícil precisar el circo: un crisol de culturas, con la función de “llevar el mundo al mundo”, que celebra la pluralidad y la individualidad, y que, a la vez, se desarrolla en forma local obedeciendo a pautas, costumbres, preferencias y significancias locales. Recogen los anhelos, temores, intereses y valores de las personas, y lo devuelven, plasmado en la pista, reinterpretando y redefiniendo la identidad local. Multiplicando las disciplinas. los circenses de antaño forjaron estrechos vínculos con folkloristas, payadores y poetas populares dando origen al característico Circo Chileno con Segunda Parte: un espectáculo circense que contaba con una primera parte de números tradicionales de circo, y una segunda parte de números musicales.  En ocasiones la segunda parte podía ser una pantomima, encontrándonos con historias y configuraciones épicas, narraciones populares o encarnaciones de episodios históricos representados en la pista circular para deleite del público por los payasos y elenco acrobático del circo. No sólo sirvió como un instructor público de las grandes hazañas históricas del país, el circo chileno sirvió para narrar una historia en común, dotar de significación y forjar una identidad colectiva entre el pueblo.

Como constelación de las artes de la pista, es el único teatro donde el artista no sólo representa su propio papel, sino que configura inherentemente, toda la obra.  Una obra de cómicos y acróbatas, músicos y animales, articulados por la profunda vinculación que logran con el espectador. En efecto, el espectador se transforma en un protagonista más, guiado por el asombro que no solo es provocado por la fascinación de observar un número bello, sino que es la profunda admiración y descubrimiento del héroe oculto en el hombre, que sabe que cada representación, puede ser la última. El espectáculo circense es el espectáculo de “la verdad”. No hay repeticiones, no hay segundas oportunidades, no hay efectos especiales. El circo nos muestra los poderes del cuerpo, nos habla de la vida, pero nos recuerda que estos poderes son efímeros, donde ronda constantemente la muerte, y no perdona la mediocridad.

El circo es la superación absoluta, es la transgresión hacia lo no posible. Y la recompensa es la sorpresa que reside en lo inesperado, lo fenomenal y lo desconocido. El aplauso es también para el propio espectador, que tiene siempre presente la fatalidad, y está continuamente a punto de descubrir, junto al artista, una nueva posibilidad sobre los límites del cuerpo. El circo es la búsqueda hacia lo extraordinario a través de un férreo dominio del cuerpo y un espartano entrenamiento corporal.  Es el arte del exceso y la exuberancia, pero también es el arte de la prudencia y la disciplina.  Apela a las emociones y a las sensaciones que van desde las carcajadas hasta los escalofríos, sin comprometer la armonía del espectáculo.

En este contexto emerge la figura del payaso. Y en el circo chileno, si no hay payasos no hay circo. Famosas duplas o tríos de payasos han deleitado a generaciones en Chile a través de un formato donde prima la interacción entre la pareja del Augusto y el Carablanca, o, como se conocen en Chile, el Tony y el Clon. Éstos se contraponen y se complementan.  Es la dualidad del tonto y torpe frente al serio e inteligente que representan en un diálogo de palabras y cascadas, y donde el tonto termina siendo el inteligente y el inteligente es el burlado. Más que dos personajes diferentes, ellos representan dos roles que dialogan, que se necesitan mutuamente y forman una “unicidad payasesca”.  Consciente de la atracción que ejercen estos personajes, durante la década del 60, el famoso Tony Caluga, patriarca de varias generaciones de importantes payasos (el Clan Caluga), logró formar un espectáculo conformado exclusivamente por payasos: el “Circo de los Veinte Payasos” que hoy recordamos con nostalgia. Incluso hoy se pueden ver hermosos circos en el sur del país ostentando hasta diez payasos en escena, de todos los colores, formas y tamaños, los que, en delirantes entradas, sumergen al público en un sorprendente y desconcertante universo. Y también funcionan con rutinas solitarias. Con menos maquillaje que sus antepasados, payasos contemporáneos como El Matute, o El Pastelito logran construir espacios de profunda interacción con el espectador, haciendo uso de aparatos, instrumentos musicales, una impresionante vocalización y una estrafalaria corporalidad. Batallando con escobas, globos y su propia torpeza, estos payasos juegan con el humor que envuelve el fracaso y la dificultad de realizar las acrobacias. El fracaso es la pieza fundamental de todo el material payasesco, desde donde, a través de sus metáforas, se asoma el hombre real. Las imágenes que nos deja ver son siempre ficción que pretende transcribir lo real. El payaso es más que burlas y chistes, es nuestro reflejo, que esconde tras su torpeza y la cara pintarrajeada la verdad del ser. Es el acróbata intelectual del circo, que, con vacilación, duda, equívocos, juegos de palabras, aparente estupidez, y espíritu crítico, nos obliga a conectarnos con nuestro fracaso.   “Y así el payaso nos consuela y alivia de ser como somos, de no poder ser de otro modo.” (María Zambrano, 1957).

El circo es una experiencia social que va más allá de la expresión artística del espectáculo, sino que está situado entre las fronteras del arte y de la vida. Y, en este sentido, el circo es carnaval. Es el carnaval sometido a procesos, técnicas, disciplina y representación, lo que lo lleva a ser un arte. Es un carnaval ya no limitado a un período de tiempo, pero acotado en un espacio: en la magia del círculo, y bajo la fugacidad de la carpa. Nada es lo que parece dentro del circo: la gente vuela, se equilibra en cuerdas flojas y tensas, con gracia sostienen suspendidas en el aire un sinnúmero de adminículos; pelotas, cuchillos o antorchas, y las jerarquías desaparecen a merced de la cómica insolencia y desacato de los payasos. Las personas que participan en él son simultáneamente actores y espectadores. Y, como la risa festiva del carnaval y del circo se dirige también contra quienes ríen, el público es tanto objeto como sujeto de risa. Y la risa nos conduce a reconfigurar nuestra existencia, como una forma de cambio y liberación contra la realidad establecida. Desde el circo surge el relato de un pueblo, como expresión auténtica de sus modos de vida, sus inquietudes y anhelos, y se arraiga en el corazón de los grupos sociales. Es particular y local, y hoy se reconoce al circo chileno como Patrimonio Cultural Inmaterial del país. Pero no debemos perder de vista que el circo trasciende la particularidad, siendo una expresión de patrimonio cultural inmaterial universal, que pertenece, congrega y une a toda la humanidad.

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