La Columna de Gaspar Altamar: Hoy Mi Padre Cirquero

A mi padre le gustaban los circos, se instalaban a una cuadra de nuestra casa.Asistía conmigo y mi hermana con una frazada de cama arrollada en su brazo. La colocaba pacientemente sobre la madera de la gradería.Llevaba un pollo cocido y se lo comía en el transcurso de la función. Nada le decían porque compraba las bebidas y manzanas confitadas para nosotros.

Se reía, aplaudía y sentía miedo cuando el trapecista arriesgaba su vida, retaba al payaso que abusaba dándole cachetadas al más débil, lo veía como algo real.Era delgado como el Quijote, alto y de las piernas largas, cuando levantaba los brazos y recogía sus piernas para reírse, me daba risa, Siendo estricto con sus hijos, en el circo se transformaba y no le importaba gastar en nosotros, se sentía feliz.El día del debut le cambiaba el rostro, miraba cada ciertos minutos su reloj, se bañaba, se cambiaba ropa y se ponía el mejor sombrero, nos tomaba de la mano con su frazada al hombro, cuando llegaba a la boletería arrollaba la frazada a su brazo, y le sujetábamos el paquete con el pollo.

Cuando escuchaba el primer pitazo que anunciaba la función se ponía inquieto, miraba como si algo estaba esperando.Recuerdo que eran tres pitazos como la partida del tren y el baterista de caja y los trompetista animaban el inicio, la caja vibraba cada vez que se acentuaba el peligro, mi padre se ponía pálido, cruzaba los brazos y cuando creía que el trapecista se iba a caer estiraba una de sus largas piernas, a veces se agarraba de una de las tablas con sus largos dedos.Se repetía las funciones porque en esos años los payasos eran buenos improvisadores, se salían del libreto y el público los animaba y aplaudía.Cada circo tenía su número estrella, recuerdo que habían muy buenos artistas, acróbatas, malabaristas, trapecista, equilibristas, magos y siempre, ni por muy pequeño, tenía su animalito, un perrito, un caballito o una chivita equilibrista.

El convite se hacía en las esquinas con los payasos, músicos y los artistas, invitaban a viva voz, la gente salía de sus casas, entre ellos nosotros y mi padre.Mi padre admiraba a la gente esforzada, sacrificada como lo eran los artistas de circos, sin perjuicios que eran pocos los circos grandes, la mayoría eran medianos y pequeños que habitaban en pequeñas carpas.Él tenía la convicción que había que esforzarse en la vida como la gente de circo, con su esfuerzo logró derrotar a la pobreza, como era comerciante establecido siempre me asignó responsabilidades desde pequeño y me educó en un colegio privado pagado, porque no tuvo la oportunidad de educarse. Siempre me decía: «» hijo la pobreza es muy dura».

Puede que su motivación por los circos lo relacionaba con su experiencia de vida y era el lugar donde se sentía feliz.Me gusta asistir a todos los circos porque cada uno tiene su atracción, su identidad, su tradición.Me encantan los circos de familia, de generaciones porque cada uno de ellos lleva con dignidad y orgullo el legado que les han heredado. Son portadores culturales de la tradición circense. Los percibo muy respetuosos, unidos y solidarios, respetan a sus padres, adoran a sus hijos.De ver a la familia circense tan unida y respetuosa de su historia me hace recordar cuando todos, nietos , primos, hermanos , tíos, nos juntábamos donde nuestros abuelos.Esos valores se ha diluido, dando paso al individualismo, al egoísmo.El circo tiene mucho para enseñarnos. Y todo a propósito de mi padre que hizo muy bien de ser un admirador del circo chileno.

ESCRITO POR GASPAR ALTAMAR GALLEGOS Critico Circense

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